viernes, 23 de febrero de 2018

No te vayas nunca del todo

Gracias por hacerme llegar el espacio libre que te llena ahora, por la música con imágenes que no miro pero que llegan y me llenan. Gracias por no irte del todo a pesar de mi adiós selectivo. De mi despedida de besos y caricias de las que tú sentías. 

Es extraño conservarlo, al amor me refiero, tan intacto como el primer día pero despojado ahora del deseo carnal del otro, del deseo íntimo del otro, del deseo romántico compartido. 

Gracias por la brisa en calma que te llena ahora fugaz o esporádica. 

¿Sabes qué? Siempre la tenemos dentro, somos el sol que no se apaga y entre él y nuestra mente, todos los demás estados. Nublado, oscuro. Brumosos los alrededores. 

Gracias por dejar que me cuele en tu atardecer como me dejaste colarme en lo que empezó a ser un verano nuestro amaneciendo. Lo fuimos, en nuestros tres millones de años que pasaron en apenas tres meses, lo fuimos. Y te doy las gracias por ello. 

Podemos llorar ahora, nos está permitido en todos los después que vivimos. Lloremos si quieres. Si tuviésemos un botón para cambiar los colores del cielo ni tú ni yo le daríamos por muy grises que despertaran las nubes. Lloremos con el rumor de la calma inundando el llanto, verás como luego el espacio libre será aún más ancho. 


domingo, 18 de febrero de 2018

Hay un herido en la sala

Lo malo de los que abandonan es que pronto olvidan que lo hicieron.
Luego vuelven y mirándote las heridas dicen: !ah!, ¿pero no te habías curado?
Lo malo de los que abandonan es que, nosotros, los perritos sin dueño, aún confiamos en ellos. Que un día, y luego otro y después y luego, van por fin a querernos nuevos, limpios, frescos.

Porque hay quienes sí lo hicieron, quienes lamieron lo que aún nos sangraba, y dieron pomada y besos, y nos abastecieron de algodones con aceite y ternura y alma.
Porque así lo haríamos nosotros, abrazar largo, lento, denso, hablar del amor, hacer el amor, sentir el amor, dar de beber amor al que una vez estuvo seco.
Porque rescataríamos de todos los infiernos al quemado, aún abrasándonos nosotros. Lo haríamos. Lo haríamos, sin duda lo haríamos. 

Pero lo malo es que no todos los que abandonaron sintieron alguna vez el desamparo que supone estar al otro lado. Y eso es lo que hace que a los perritos sin dueño nos sigan lastimando.

sábado, 17 de febrero de 2018

Aguas firmes

Hablamos del mar cuando las aguas son tristes, cuando tengo marea dentro y, enfurecido, el corazón quiere saltar por la borda. 

Hablamos del mar para entender las olas de la vida, la que llega, la que se queda, la que se pasea por delante de tus narices sin preguntarte si esto, si eso, si mírame, ¿te gusta así?

Hablo del mar para entender la calma y la tormenta. Para tener como punto de referencia el timón de mi pequeño barquito de papel en el Atlántico. Papel de fumar, papel franqueable, papel mojado; nada. 

Me voy al mar cuando no queda nada para seguir sabiendo que nadar en tierra firme siempre fue, en realidad, lo único que había. No tener nada debajo, ni al lado ni dentro salvo el amarre a un ancla imaginaria. La sensación íntima y personal y profunda y solemne de que sólo soy corriente amoldándose a las tierras que albergan cualquier río. 

No creo que haya muchos marineros que, como yo, jamás hayan gobernado un barco. Pero estoy segura de que todos sabemos dónde está el timón de nuestro navío aunque no nos sirva para llegar a puerto. 

lunes, 12 de febrero de 2018

Brota

La tristeza es bella, dicen los que ya no la sienten. Porque cuando estás dentro y la traquea parece un nudo de abejas enfadadas y te duele el pecho y crees que se te están cayendo trocitos de corazón por el bolsillo de la camisa, francamente, la tristeza es una mierda. 

Podéis venir, los tristes, a decirme que no es cierto, que son bonitas las hojas que se caen de los árboles y los añicos que quedan de ellas después de ser atropelladas por las ruedas delanteras de un camión conducido por un soñoliento basurero. 

La tristeza es bella, dicen los de enfrente. Los que desde lejos oyen caer la lluvia, los que no se mojan, los de los pies cercanos al leño y las sábanas limpias recién puestas. 

Yo, que la veo en el teléfono, en los textos que me escribes, en todos los espacios en blanco entre tu 'hola' y tu 'hasta luego' de los últimos emails, también puedo decirte, desde lejos, desde el futuro de mis lágrimas de ayer, que no es bella tu tristeza, pero que cuánto tienen de ella los ojos que la lloran, tan intensos, tan íntegros, tan honestos.  

Eso es lo único que tiene de belleza la tristeza, que hace bello al que la siente. Sólo eso. 




domingo, 4 de febrero de 2018

Hache se escribe con hache

Amor se escribe con hache. Muda, como se quedaba ella después de que yo asolara su casita recién remodelada. Experta en reformas de interior después de mis huracanes, también con hache; existo pero no sueno. Aparezco con mi orquesta, con el instrumental de miradas, con el silencio precediendo a los aplausos. Un concierto que no empieza. 

Siempre me pedía música porque ella ya lo era. Y yo oía el pum pum en este corazón claustrofóbico que acababa acallándose con el orfidal. Ataques de ansiedad, estrés y todo el cuadro de esquizofrenia. Sin melodía, sin ritmo, sin cadencia. 

Luego cuando se fue, la hache, tan inservible como necesaria se me aparecía por los rincones. Sonido imprevisible cuando menos te lo esperas. Ella por aquí, ella por allá, ella más allá, ella tan cerca. Iba a buscarla para que me recordara, con su sola presencia, que somos silencio dispuesto a ser llenado, que somos espacio libre para plantar árboles, o cactus, o enredaderas. Lo que soy en el centro, lo que soy dentro, el potencial y toda esa mierda. 

La asolaba, sé que la asolaba. Y yo me venía tranquilo, en calma. Volvía a recordar que puedo ser más que esto que muestro. Es suficiente el deseo de poder conseguirlo, no sé cuándo, no sé dónde, pero con ella. Que está, que siempre está, como la hache, aunque no suena.